lunes, 11 de febrero de 2013

Deja que el tiempo cumpla su estatura




"Sube conmigo, amor americano 
besa conmigo las piedras secretas. 
la plata torrencial del Urubamba 
hace volar el polen a su copa amarilla. 

Vuela el vacío de la enredadera, 
la plata pétrea, la guirnalda dura 
sobre el silencio del cajón serrano. 

Amor, amor, hasta la noche abrupta, 
desde el sonoro pedernal andino, 
hacia la aurora de rodillas rojas, 
contempla el hijo ciego de la nieve. 

Oh, Wilkamayu de sonoros hilos, 
cuando rompes tus truenos lineales 
en blanca espuma, como herida nieve, 
cuando tu vendaval acantilado 
canta y castiga despertado al cielo, 
¿Qué idioma traes a la oreja apenas 
desarraigada de tu espuma andina? 

Amor, amor, no toques la frontera 
ni adores la cabeza sumergida 
deja que el tiempo cumpla su estatura 
en su salón de manantiales rotos, 
y entre el agua veloz y las murallas, 
recoge el aire del desfiladero, 
las paralelas láminas del viento, 
el canal ciego de las cordilleras, 
el áspero saludo del rocío, 
y sube, flor aflor, por la espesura, 
pisando la serpiente despeñada. 

Ven a mi propio ser, el alba mía, 
hasta las soledades coronadas 
el reino muerto vive todavía."


Amor Americano - Los Jaivas 

(bueno, en verdad los versos son de Pablo Neruda)

Preparando motores

Me gustan, me estremecen los días nublados. Como que veo las nubes grises contrastando con un cielo un poco más gris y empieza un sonido interno de ultratumba que me incita a sentarme en la calma quieta de cualquier paisaje e interpreto su belleza de una forma más honda. Quizás sea mero cliché mío de pensar que los días soleados están muy manoseados con el quehacer cotidiano, perdiendo la belleza que no se aprecia en medio de la multitud. Recuerdo bien ese día en que llovió en Viña del Mar, pleno veintitanto de febrero con todo lo que se llama y denomina arena repleta de cuerpos estirados esperando broncearse. Apenas el cielo se nubló, todos partieron corriendo cual tsunami fuera, y obligué al Pablo y la Lore a quedarse porque estaban ya siguiendo la manada en dirección a la casa, por allá cinco norte.


Fue lo mejor, sin duda, de toda esa estadía tediosa en lo que sólo importa es cuán teñido tenís el pelo o cuantas operaciones tenís en el cuerpo, por indicar sólo la superficialidad del asunto. Y no es que sea una cabra amargada con la cara larga craneándome tonteras, sino que me choca un poco todo eso de la pipol en exceso que pide grito y plata por lo que más marca tendencia. Que la playa, que moviéndose en 3 2 1, que andar con un chalequito de llamas, chascona y con mochila parece ser lo más rasca del mundo. Fuera de todo aquello, Viña es bonito, pero siento que vamos sólo porque al jefe se le antoja, como si no supiera que si no fuera por mi bici, los libros y mis ganas de caminar y correr, estaría como ostra aburriéndome en medio del gentío exacerbado que ronda por Avenida Perú, Avenida Libertad, Dos, Tres, Cuatro (suma y sigue) Norte entre otras cosas dicharacheras. Lo bueno es que tengo a Valpo al lado, y esta vez si que si no perdono al puerto en bici. Tendré que llevar como 23423435 cadenas para amarrar la bici si es que me dan ganas de sentarme frente al mar o pasar a alguna feria de artesanía. Aunque bien caras son, de eso no hay duda. Es como si Chile quisiera espantar a todos los gringos habidos y por haber con sus precios estrambóticos, me dan como hasta ganas de hacer una crónica con respecto a eso. Aunque son sólo ganas porque sé que al fin de cuentas sé hasta por ahí no más lo que trata una crónica y ese de “haré algo” no se hace si no es espontáneo de ese mismo momento, antes no. Antes sé que será un fracaso.
Si hay una manía que tengo es coleccionar té. Bueno, coleccionar aros también. Cada té en su lugar, en cada espacio correspondiente, si no hay la suficiente variedad (variedad= 4 especies o más) me deprimo en cuanto al té y no soy digna de poner una caja “surtida” sobre la mesa. Es como el pan para los invitados, o el traguito para los más elevados.
Coleccionar libros también me deja el alma en paz, apreciar los distintos títulos y autores que incitan ciegamente a leerlos. Un Galeano por ahí, un Vargas Llosa por allá, y caigo en una especie de euforia cuando pago por un ejemplar y me lo llevo en una bolsita, mientras en el camino me pregunto si habrá el espacio suficiente para depositarlo como corresponde. Me acuerdo que no, pero soy buena armando espacios en la maraña de cachureos que me gasto así que me encojo de hombros y qué más da. Es como la obsesión que tienen las minas un poco más fifís con los zapatos (zapatos= chalas, botas, chalabotas, etc.) Si me habrá de dar una obsesión repentina e inesperada de consumo desquiciado de zapatos, me acordaré de este escrito y esperaré calmarme. Es muy probable que me dé, no al cien por ciento por supuesto, pero las tendencias de esta sociedad de consumo así lo señalan, y una no puede hacerse la lesa diciendo que no le va a pasar, si las obsesiones están y por ahora me da a mí con estos cachivaches.
Ahora estoy en mi centro de operaciones escribiendo una especie de pensamientos fluidos e ideas varias. También tengo abierto Gmail para escribirle al caballero que conocí en el viaje de La Paz a Uyuni, un boliviano re simpático que me dio su tarjeta para que siguiéramos en contacto. Don Samuel, para ser exactos. El viaje que hice me trae muchos sentimientos encontrados, pero eso es digno de escribirse cuando la inspiración esté de lleno y no esté escribiendo cosas vanas  para calentar la mano y acordarme de cómo redactar. Es como todo en la vida, señores, sino se practica, se muere la magia. (Atiéndase cualquier pensamiento a este comentario). También temo que el reciente libro que leí, “Las Dos Orillas del Elba”, me deje adherido esa forma de escribir tan rapidita y poco profunda que no acostumbro a leer. Más tiene pinta de ser un libro que se apuró en su redacción que en un psicoanálisis de las vivencias humanas en la Alemania Oriental de posguerra. No soy quién para criticar, no tengo título de aquello, pero sí sé cuando un libro me deja con algo dentro, un deseo de continuar la historia en algún inexistente lugar,  y cuando un libro me lo quiero terminar rápido por compromiso. Siendo sincera, es eso lo que me pasó con esta novela y espero remediarlo con los libros que adquirí allá en el Mercado Lanza de la ciudad de la Paz, Bolivia. Por lo menos sé la buena crítica que tiene “Las Venas abiertas de América Latina”, de Galeano y como ando tan ávida de conocer y aprender muchas cosas, aprovecharé estos instantes pre universidad para poder llevar a cabo nuevamente mi equilibro espiritual que me viene todos los años de una forma despiadada, donde leer y explorar los conocimientos que hacen íntegro al ser humano están a flor de piel. Llegué con otra altura de mira de mi tan ansiado viaje.
Oh melón, dulce y verdoso limón, ¡qué exquisito estabas! Deberían hacer una campaña para que la gente tomara más en cuenta tu poder de llegar a cada sensación en la lengua.
El té se me enfrió. Perfectamente podría haberle puesto unos cubitos de hielo para que así se enfriara más rápido, pero eso sería un castigo contra él. También soy maniática en cuanto a eso, sólo a un té que no me gusta tanto le puedo agregar agua helada. Si no, no. Y debe enfriarse hasta estar tibio tirao pa’ helao, porque odio quemarme la lengua o que me dé calor. No lo soporto. Quizás por eso me gustan los días nublados, porque el calor te deja en paz por un rato y puedes hacer más cosas fuera como pasear al Tito, leer un libro en la plaza, correr o salir a caminar terrible forever alone por las calles de cualquier lugar. Ah, bueno, salir a la capital y no morir en la micro ni en el metro y poder juntarte digna y estoica con quien sea que te vayas a encontrar. Porque si he de salir ahora, saldré, tengo mis motivos ahora que la vida, siempre muy sabia pero a veces apresurada, me muestra de a poquito el camino que debo seguir en cuanto a eso. Dos pololeos felices, uno ahí no más, una relación extraña que no se concretó, otra relación extraña que hacía ver a medio mundo que iba de viento en popa y terminó con el comienzo de otra relación que partió como el más lindo cuento de hadas y que desencadenó en la cosa más bizarra del planeta, son razones suficientes para hacerme entender que es mejor cuando no se tiene nada seguro, así las cosas tienen larga vida aunque no tengan nombre ni sepamos a dónde vamos a llegar. Porque eso  es lo que ocurre ahora con susodicho. Y es que me siento soltera sin compromiso pero con algo. Me siento como una persona libre de culpa en cuanto a todo pero pensando y divagando acerca de cómo se dieron las cosas y si al final de cuentas es mero orden de la vida o – como personalmente defiendo- es cosa del destino. Porque sí que estoy frente a un hombre inteligente que me hace razonar como alguien madura y no por meros sentimentalismos. El sentimentalismo en exceso mata, la razón en exceso te vuelve ciego. El término miedo es lo que estoy viviendo ahora, con una indagación en lo profundo hacia mi propia interioridad, sin rendirle cuentas a nadie pero haciendo y diciendo sólo lo que me nace y no lo compromisorio o lo que debería responder de vuelta. Una aprende, al fin de cuentas, que amar se trata ya de algo mucho más profundo y maduro que creer que uno conoce a la persona en todas sus facetas y respetarla por ello. Terrible error. Lo más precoz que aprendí es que uno nunca termina conociendo a las personas. Entonces, ¿es posible realmente tener esa cosa divina del llegar y decir un “te amo” a tontas y a locas? No por ahora, no por lo menos yo. Yo no vuelvo amar (si es que he amado realmente porque ahora estoy cuestionándome el trasfondo de todo este asunto enredoso y enmarañado) hasta que algo distinto a todo lo convencional me mueva piezas internas, y eso, señores, no lo he vivido yo y no creo que alguien lo haya vivido en su inmensidad a mi corta edad. Lo que se vive ahora es lo que botó la ola del enamoramiento adolescente y que uno lo confunde como quién no quiere la cosa como un amor verdadero, pensando que sólo por tener unos añitos encima la cosa cambia brutalmente. Dos viejos tomados de la mano en una plaza se aman, pero no me atrevería asegurar lo mismo de la Young people que me rodea. ¡Es que uno dice cada disparate de repente! Es como si uno dijera te amo como quién vende fruta en la feria y le grita a todas las caseras lo mismo. ¿Habrá  algo distinto en la forma de sentir? Capaz que no lo sepa hasta harto más, si es que mi pepe grillo interno me logra decir que me pegue el alcachofazo y que no por desconfiada me retenga a tantas emociones. Es que me estoy volviendo una mina que se pregunta demasiadas volás y no se da cuenta de que mientras escribo podría perfectamente ver el pasto crecer fumándome algo. Fumándome digo, porque me refiero al pucho del subconsciente, acá no fumo por razones obvias, no fumo ni fuera, tabaco, diría yo.
Ya son las cinco y están quedando las sombras del té, como les digo yo a esas cosas que alguna gente que se cree mística lee y las interpreta. Igual debo confesar que sería chori poder interpretarlo y ver el futuro, pero le pierde toda la gracia al asunto de vivir la vida, se contradice con los postulados populares del carpe diem y sé feliz y todo eso en que la gente sale en la tele saltando y sonriendo. Igual es mágico lo que todo lo audiovisual te trasmite, como una foto en mute puede no producirte nada pero si le agregas a esa foto un mensaje y una canción a lo Sigur Rós te cala hondo y te ponís a llorar cuál Magdalena. La magia del mundo no tocable. La magia de las películas alternativas y del cine en general que pueden tenerte más de una hora con los pelos de punta, sonriente y a carcajadas o con el moco tendido y los pañuelitos al lado, mientras por tu cabeza aparece el manso chocolate para seguir con la tendencia rosa o también aparece Mr. Darcy desde el fondo de una pradera, a pleno amanecer, a buscar a Elizabeth Bennet, esa Elizabeth que rasguñarías puertas y vestidos para que fueras tú. Todas las minas somos unas señoritas que esperan paisajes de película y versos clichés, me incluyo. Pero eso no viene al caso. En una hora más voy a correr por acá cerca de mi casa, ojalá llevarme a mi hermano chico para que salga un poco de la cueva del Milodón y que se llene se un aire semi fresco y semi limpio, por lo menos más limpio que el de la capital. Mañana iré a darme una vuelta por allá por el centro, a ver si se me pasan los monos que deja esta cosa llamada menstruación, y quizás sólo el hecho de ver a la persona por la cual te pasan cosas te llena de una alegría y paz incalculables.
Por vez primera (si, he dicho miles de veces que por vez primera esto y que por vez primera esto otro) siento que no soy superficial en cuanto a ciertos aspectos. Quizás es una nueva oportunidad para vivir otras emociones y no nutrirse de lo mismo. Sería bueno un cambio drástico en mi manera de ver las relaciones y poder convivir con ello sin más problemas que los  típicos. Aunque creo que, al ser esto no tan típico, puedan florecer cosas impensadas en el camino que me envuelvan en más preguntas. Espero silenciarme en el acto, porque si no, no veré el pasto crecer y pasarán los días, meses y años pensando en que sigue corto, tal como la primera ‘pasá de máquina’.